EL LEGADO DE GOEBBELS O LA MUERTE DE MONTESQUIEU
Hace unos días, más exactamente el 30 de
abril, pero de 1945, moría Adolf Hitler, el mayor exponente del fascismo
totalitario y uno de los mayores carniceros que ha dado la Historia. Un día
después, siguiendo el mismo camino, uno de sus mayores colaboradores, amigo y
súbdito, Joseph Goebbels, ministro de Publicidad del Reich, se suicidaba junto
a su mujer, después de matar a sus seis hijos. La razón, la aclararía su esposa Magda, enferma de fundamentalismo: “Nos
lo llevaremos con nosotros porque son demasiado hermosos para el mundo que se
avecina”.
Con Goebbels moría el máximo artífice de la
manipulación social de un régimen totalitario, destinado a extender todos sus
tentáculos a cualquier aspecto del poder y el control de la sociedad y el
Estado, estableciendo el pensamiento único y eliminado todo aquello que
supusiera oposición al mismo.
Tras la caída del Reich, el Mundo se
dividiría en dos bloques antagónicos liderados por los grandes vencedores. En
Occidente, EEUU, exportaría su gran modelo de convivencia y Estado, el sistema
democrático, heredado de sus antepasados europeos durante la Ilustración. Sin
embargo, esa democracia había aprendido algunas cosas en su todavía corta vida.
Había madurado a raíz de sus propias debilidades, que incluso la habían puesto
en riesgo de muerte, en sus principales hogares, EEUU y Gran Bretaña, donde el
nacismo tuvo grandes admiradores, aunque luego se tapase bajo un velo de
amnesia histórica. Pero no todo murió bajo ese velo, la nueva democracia postbélica
nace transformada y los modelos del fascismo y del señor Goebbels sirvieron de
inspiración. Se darían algunas reacciones sociales ante lo que se estaba
creando, como aquel Mayo del 68, pero al final, las estructuras se fueron
asentando en el modelo político occidental e incluso mundial, tras la caída del
comunismo.
En España, quizás por la necesidad de una
sociedad todavía muy joven en eso de la democracia, bien por reminiscencias del
régimen anterior, este nuevo modelo democrático se instauró, llegando a toda su
plenitud en las décadas posteriores al amparo de unos y otros, de derechas e
izquierdas.
Si
Montesquieu afirmó que los tres poderes del Estado debían estar separados para
evitar la tiranía y así, cada uno fuera controlados por los demás; el
totalitarismo defendió la existencia de un gobierno fuerte, que aunara todos
los poderes, para impedir la disidencia en su función plena de gobernar. Pues
de este modo, del espíritu del 78 emanó una forma de Estado donde el poder
legislativo de las cámaras quedaba bajo el control de la mayoría, que nombraba
al poder ejecutivo, el gobierno, y así legislativo y ejecutivo recaían en las
mismas manos, las mismas mayorías que luego se encargarían de controlar el
nombramiento de fiscales y de los altos magistrados
de los Tribunales Constitucional y Supremo
de Justicia, sólo ante el cual podrían ser juzgados. Es decir, parlamentarios y
gobernantes solo podrían se inculpados y recibir condena de aquellos que ellos
mismo habían puesto en sus cargos. Y la democracia tomó pues un tufillo a
totalitarismo.
De la libertad de pensamiento, se pasó a la
disciplina de partido, y todos sus representantes quedaron sometidos a la mano
que les daba de comer. Porque la política, de un bien supremo a la sociedad, se
convirtió en un oficio, en el que no necesitabas ni formación ni prestigio
laboral anterior, tan solo saberte hacer un buen camino dentro del partido. En
donde cada partido disfrutaba de un líder supremo a quien seguir sin pestañear,
unos signos (himno, bandera, eslóganes, discursos de masas e incluso peinados y
vestimentas en algunos casos) comunes y un ideario vacío, que podía cambiarse
si era necesario, al que seguir a pies juntillas pasara lo que pasara. Porque
cada uno debía ser de su partido hasta la muerte, o por lo menos, hasta que te hicieras mayor y algo chocho te diera por
pensar “cosas raras”.
Los ciudadanos no podían nunca votar a sus
representantes y menos a sus gobernantes, pues en su voto solo recaía la
voluntad de elegir entre una u otra siglas, que prometían un programa pero que
no tenían luego, en ningún caso, la obligación legal de cumplirlo.
Pero ahora es cuando debo volver al señor
Goebbels, porque, una democracia tan diferente a la real como ésta, no podría
sostenerse sin el control de la opinión social que asegurara su pervivencia. Y
así, el periodismo objetivo, que tiene la función de informar y denunciar, es
sustituido por el comentarista, que ya
le dice a sus usuarios lo que tienen que pensar para que no hagan mucho
esfuerzo en generar sus propias ideas. Del sindicato vertical se pasa a los
sindicatos mantenidos con fondos estatales, con líderes que cobran unos sueldos
que los alejan tremendamente de aquellos a los que llaman camaradas o compañeros trabajadores, y que, con cada
vez menos afiliados, deciden sobre el futuro de todo el colectivo, bajo el
amparo de los partidos con los que comparten siglas e ideología. Los sistema
educativos se suceden unos detrás de otros, coincidiendo con el cambio de
gobierno, bajo el sustento de la ideología y no del interés común de crear una
sociedad libre y formada, que puede poner en riesgo las estructuras de esta
tremenda construcción que ante el lector intento vislumbrar. Sistemas
educativos creados en despachos donde nunca existió el sello ni la opinión de
los verdaderos expertos, los docentes. Y como él dijera, “una mentira dicha mil
veces se convierte en una gran verdad”, los medios de comunicación se llenaron
cada día de falsos mensajes y bulos, lanzados desde arriba, para que el conjunto lo asumiera como grandes verdades.
Y así, solo faltaba un último aderezo para
crear el plato perfecto, la manipulación del Estado de bienestar, que asegurara
un mínimo de nivel de vida a toda la población, pero que se convirtió también
en una herramienta perfecta para crear una sociedad distópica, homogénea y
adornada en una falsa equidad y una forzada armonía. De un modo que, como al
perro al que se alarga el collar dándoles una falsa sensación de libertad, se permitía
opinar y protestar, pero siempre “todo en el Estado, nada fuera del Estado y
nada contra el Estado”. Las acciones activas de cambio desaparecieron,
simplemente por miedo a perder esa situación de bienestar material conseguida
(mi coche, mi casa, mi tele, etc). Un sociedad indolente que justificaba la
corrupción de los de arriba porque, en mayor o menor medida, compartían con
ellos la misma relajación moral. Se crearon sus propios ídolos, y los sabios,
filósofos, intelectuales o expertos que
aportaban desarrollo, reflexión y cambio, quedaron para ser usados en citas de
ensayos académicos y discursos, mientras
se les sustituía por otros más acordes con el sistema: famosos del corazón,
ricos sin esfuerzo, youtubers vacíos, chicas y chicos guapos, y sobretodo
fútbol, mucho fútbol. Una sociedad
deshumanizada e individualista.
Con todo esto se construyó la nueva
democracia, de los pilares caídos de los totalitarismos derrotados. Y
Montesquieu murió bajo el legado más práctico de Goebbels, dentro de un contexto
en donde quizás fuera necesario.
Pero se habrá dado cuenta el lector, que
escribí todo el tiempo en pasado como si esto fuera un hecho que ya nada tenga
que ver con nuestro presente. Discúlpeme entonces, al dejarme llevar por la
esperanza de que la crisis actual nos haga despertar y todo empiece a cambiar, enterrando, de una vez por todas, al maldito
Goebbels y resucitando al tan añorado Montesquieu.


Comentarios
Publicar un comentario