LA MORALIZACIÓN DE LA IDEOLOGÍA Y EL PROBLEMA DE LA RADICALIZACIÓN

             Es costumbre vincular cada partido político con una tendencia de derechas o de izquierda. Para entender estas referencias posicionales, que ya no se respetan en los parlamentos actuales, debemos irnos a la Asamblea Constituyente de 1789, en el inicio de la Revolución Francesa, cuando en pleno debate sobre la primera Constitución que debía regir a partir de entonces la suerte de Francia, los parlamentarios se dividieron en referencia al poder del rey.
Así, los que defendían todavía el poder de veto del monarca sobre las decisiones de la Asamblea, se situaron a la derecha, con una postura más moderada, que los de aquellos que situaron al Parlamento por encima del veto real, colocados en frente, justo en el lado izquierdo. Hecho que denominó el conde de Mirabeau  como “ la geografía de la Asamblea”. Y así se  inició una tradición que fue vinculando históricamente a los partidos de derechas con posturas más continuistas y conservadoras, apoyadas por las clases más favorecidas de las sociedad, y a los partidos de izquierdas, con posturas más de ruptura y progreso, con el apoyo de las clases más necesitadas de cambio.
            Con el triunfo y expansión del capitalismo, la relación de ambas tendencias se transforma, adoptando la derechas una ideología más liberal y las izquierdas más socialdemócrata, a la vez, que el comunismo va perdiendo fuerza tras el fracaso de sus proyectos fallidos y la implantación final de regímenes dictatoriales.

            Sin embargo, existen ciertos momentos en la Historia en donde las circunstancias generales, sociales, políticas y económicas, se han tensado tanto, que la radicalización ideológica ha dado pie a la entrada en ésta de  categorías morales con planteamientos populista altamente peligrosos.

             Pero parémonos antes para recordar que en la Edad Media, se extendió
el famoso mito de los jinetes de la apocalipsis en los que se destacaban la Muerte, el Hambre y la Guerra, que representaban las tres principales causas que azotaron todos este período histórico, impidiendo cualquier crecimiento efectivo de la población. Mito que cobrará sentido conforme vayamos alargando el discurso de este escrito.
            Pues bien, idéntico proceso se acometió en Europa a partir de los años 30 del siglo pasado. Tras la crisis económica que llega al viejo continente a principios de esta década y la incompetencia de los partidos políticos, muchos de ellos corruptos, para atajarla con éxito, la sociedad, que padece el hambre, se radicaliza cayendo en los falsos mesías que se anuncian como los salvadores de la patria y dan a la masa un enemigo sobre el que cargar las culpas.

            En Alemania, en pleno colapso de la República de Weimar, azotada por los peligros revolucionarios de la izquierda más radical, emerge como reacción la figura del Nacionalsocialismo, con Adolf Hitler a la cabeza, que llega a la cancillería en 1933 por victoria en las urnas con el apoyo de gran parte de la sociedad. Antes, en Italia, frente a las manifestaciones sindicales de los jornaleros del campo aparecen grupos de matones conocidos como Camisas Negras que, pagados por los terratenientes, se dedican a boicotear todo acto revolucionario. Grupos que se aunan bajo la figura de un antiguo líder socialista, ahora fundador del fascismo, Benito Mussolini, que es nombrado primer ministro por el rey en 1922, tras el golpe de Estado conocido como la Marcha a Roma. En ambos casos, el nivel de tensión aumentará sucediendo al hambre la persecución, encarcelamiento e incluso asesinato de todos aquellos considerados enemigos de la ideología imperante.

            El resultado, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto judío, es decir, hambre, guerra y muerte.

            Casi dos décadas antes, tras la revolución soviética de 1917 en Rusia, Lenin rompe con el proceso electoral para la nueva Duma que debería regir el futuro de la nueva República Rusa e instaura una dictadura a través del Consejo de Comisarios del Pueblo, dirigido por él mismo. La causa fue que no consiguieron ganar las votaciones, algo que no podía ser permitido por los “garantes de la verdad”, declarándolas nulas. Lo que continúo fue hambre, guerra y muerte.

            Pero un ejemplo más claro para lo que quiero plantear en esta ocasión lo tenemos en nuestra propia historia. En 1932, un país atrasado y exhausto dejó paso al primer intento ilusionante de instaurar en España un sistema democrático al estilo europeo, me refiero como ya podéis imaginar, a la Segunda República. Sin embargo, pronto el sistema se dará de frente con la realidad de aquella España mayoritariamente pobre y analfabeta, donde los partidos demócratas representados especialmente por Acción Republicana de Manuel Azaña, que llegó a gobernar con tan solo 26 escaños, y el Partido Radical, de Alejandro Lerroux, que lo hizo con 102 sobre 470, eran claras minorías ante los extremistas de un lado y otro que los sustentaron en el gobierno, aunque nunca o durante muy poco creyeran en la validez del sistema.  Así, tanto unos como otros no dudarán en levantarse contra el resultado de las urnas cuando éstas no den los resultados esperados, mientras en las calles los enfrentamientos entre ambas facciones irá en aumento con quema de iglesias y asesinatos por uno y otro bando. Situación que quizás llega a su máxima expresión en los enfrentamientos cargados de amenazas y violencia entre los mismos parlamentarios, que acaba con el asesinato de Calvo Sotelo, señalado unos días antes por su provocativo discurso en las Cortes por algunos conocidos diputados de izquierda. El resultado, nuestros padres y abuelos especialmente los conocen, guerra civil, muerte, hambre y 36 años de pérdida de libertad bajo la brutal dictadura franquista, que no dudó en aniquilar a sus enemigos sin piedad alguna.

            Pero, ¿qué tuvieron en común todos estos tristes acontecimientos?. El nexo fue que las ideologías se descargaron de su ideario político, económico y social, para llenarse de verdades morales y moralizantes. Así, cada lado se defendió como los grandes garantes de la VERDAD, y a su vez, aportaron a la masa hambrienta e indignada un enemigo a quien odiar, el contrario, y así vincularse a su ideario, con lo que se justificaba todo.

            En España, la negligencia de los partidos democráticos nacidos tras la transición, marcados por la corrupción y la incoherencia programática, ha provocado la aparición de otras alternativas “salvadoras de la patria” tras la crisis económica del 2008. Así nace Ciudadanos, como partido de centro que luego se inclina hacia la derecha, pero especialmente así nace Podemos, como un nuevo aglutinador de todas las tendencias de más extrema izquierda que, con sus propuestas radicales dan lugar como reacción a la aparición de su alter ego en la derecha, Vox. En ambos caso, la ideología da paso a mensajes moralizantes cargados de radicalismo. La izquierda se convierte en la garante de la justicia social, el feminismo reaccionario y la libertad de los pueblos que forman España, es decir lo buenos buenísimos frente a los malos malísimos homófogos y fascistas, que quieren acabar con el pueblo, siempre en favor de los ricos. Mientras que por la derecha, se vende la idea de la defensa de la nación, es decir, el patriotismo, y el sentido común económico frente a los que quieren acabar con España y convertirla en una “dictadura bolivariana”. Es decir, nuevamente los buenos buenísimos frente a los malos malísimos, contra los que cargar con cada vez con menos límites del decoro y espíritu democrático, en la cámara de máxima representación de todos los ciudadanos.

            Y en medio, un discurso cargado de odio, que se traslada a la sociedad, dominada como siempre por una masa poco autocrítica y reflexiva que no duda de afiliarse a uno u otro bando, autoalimentándose de bulos, fakes y medios de comunicación afines a su ideología. Partidos que no dudan en alentar a las masas a salir a las calles o asediar al adversario, aunque luego hipócritamente, lo critiquen cuando les toque a ellos. Porque cuando uno se convierte en el bueno, siempre va a ver otro que asume la función del malo, y así aparece el enemigo sobre el que descargar las penurias que está ocasionando y va a traer esta epidemia.

            En conclusión, nuestro sistema democrático, donde la política debería resolverse en la urnas y bajo programas reales, que luego se obligase a llevar a la práctica, y el debate político debería centrarse en las discrepancias ideológicas sobre posibles soluciones a los problemas del país, y no sobre quien tiene la razón o miente más, se desmorona y deja paso a lo que estamos viviendo en la actualidad.

            El resultado, sin jugar a ser futurista, en la historia siempre fue el mismo: hambre, guerra y muerte. Esperemos que sepamos parar antes de que esto ocurra de nuevo.

Comentarios

  1. Amén. Parece que por mucho que conozcamos la historia, estamos condenados a repetirla. Por el bien de tod@s, esperemos que no.

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